Reflexiones sobre la escritura y el ser
La soledad, un bien preciado para la escritura, se entrelaza con las quejas fraternales y la búsqueda de equilibrio emocional en el ajetreo de la Ciudad de México. Una periodista mexicana narra su lucha por encontrar el espacio mental necesario para plasmar sus ideas en papel.
La autora describe la dificultad de concentrarse en la escritura en un entorno constantemente interrumpido. La imposibilidad de aislarse la lleva a postergar su trabajo creativo, distrayéndose con tareas menores hasta que la soledad, por fin, se presenta. En una conversación matutina con su hermano, la dinámica familiar sale a relucir, con quejas mutuas que reflejan una conexión profunda a pesar de las fricciones. Él argumenta que las quejas son una forma de conexión, una manera de evitar la soledad y reafirmar su origen común.
La periodista, viajando en el Metro desde la estación Tapo después de visitar a su madre en Xalapa, reflexiona sobre esta interacción. Mientras se ahorra el costo del taxi, observa a los pasajeros inmersos en sus propios mundos y cavilaciones. Reconoce el valor de su vínculo con su hermano y su propia inclinación a la queja, cuestionando si su conformismo es genuino o simplemente una falta de nutrientes. Se enfrenta al temor de convertirse en una figura motivacional superficial en redes sociales, vacía de contenido real.
Finalmente, propone un pacto de equilibrio: por cada dos quejas, una anécdota positiva, con el objetivo de evitar que sus cerebros se estanquen en la negatividad. Menciona la investigación sobre redes neuronales y la búsqueda universal de alivio emocional. Cierra con una observación mundana, la escalera eléctrica averiada en la estación Balderas, un microcosmos de las pequeñas frustraciones cotidianas que alimentan la necesidad humana de expresar descontento.



